lunes, 17 de agosto de 2015
LUNES
Lunes y lo único que deseo es volver a casa y preparar arroz integral. Tirarme a la cama. Mi cuerpo sigue resintiendo el "estar enfermo". Tengo dolor en algunas articulaciones y un sueño que apenas y soporto. Me desvelé el sábado, ayer dormí como animal hibernando, pero nada bastó. Hoy amanecí mal y con un dolor de cabeza que no me explico. Pero pienso en la paz que me da cocinar arroz integral, en poner una taza de dicho cereal y luego tres tazas de agua y ponerlo todo a la pequeña arrocera que recibí como regalo el día del padre.
jueves, 13 de agosto de 2015
Benito, el hermano de Elena.
Murió Benito Luna. Hermano de Elena, mi abuela. Fueron cuatro y poco a poco fueron desapareciendo de la faz de la tierra hasta que quedó él, el mayor de todos, postrado en una cama. Dejó de escuchar hace tiempo. Apenas y veía, mamá dice que él tenía ya más de noventa años. Murió prácticamente solo. Al morir su esposa se fue a vivir a la casa de la abuela, después de fallecer la abuela el tío quedó a cargo de la única hermana de mamá. ¿Qué si tuvo hijos?, sí, dos, uno de ellos falleció pocos días después de haberse casado y su hija, vive en un barrio en una de las montañas del pueblo. Su hija y él se abandonaron, ella nunca fue a verlo y supongo que ahora que falleció, le llorará un poco y se lamentará mucho. ¿Que si tuvo dinero?, sí, mucho, todo el dinero que le puedo haber heredado el bisabuelo, ranchos, casas, ganado, pero todo acabó poco a poco hasta quedarse con nada y en una soledad brutal dependiendo de la hermana de mamá. Mamá y la tía hicieron lo posible por mantenerlo vivo, curaciones, medicamentos, comida, café, un poco de compañía, pero nada de eso pudo curar su desnutrido cuerpo. Si la vejez y la soledad y la pobreza son duras por separadas,,, ahora juntas, es una situación terrible. Así falleció el tío, el hermano de Elena, mi abuela que hace años falleció y antes de hacerlo enloqueció una mañana del noventa y seis. Benito murió solo, abandonado por su única hija, por sus tantos nietos y por sus tantos y tantos bisnietos. Murió pobre. Mamá me cuenta que él fue un hombre poderoso, que sus propiedades no tenían fin y cuando la abuela y mamá eran muy pobres, llegar a casa del tío significaba también cierta humillación por parte de él y su esposa, la tía Lina, fallecida hace años y que antes de morir enfermó de reumas. Pero la muerte y la soledad y la pobreza, supongo que al menos una de las tres, tarde o temprano nos toca, habría que luchar porque nunca nos toquen las tres juntas, como a Benito, que a estas horas, lo alistan para enterrarlo, a él, a su soledad, a su pobreza, a su vejez, a su abandono.
viernes, 7 de agosto de 2015
DESEMPOLVANDO TODO.
Enfermé. Ahora apenas recupero la movilidad de mis manos, apenas voy dejando los medicamentos con dosis cada vez más espaciadas. He llorado un poco. Ya saben, así, como lloramos pocos, en silencios, abrazados a la nada. Anoche me asomé a la pequeña biblioteca y acaricié algunos libros. Hace tanto que no leo. Hace tanto que enfermé. Hace tanto que dejé un poco de ser yo. Hablo de mí. De ser un texto inacabado, una especie de carretera que olvidaron construir. Treinta y tantos años ya y aún no poseo bienes materiales que puedan darme el estatus de "hombre de bien". En cambio muevo la cabeza cuando llegan los estados de cuenta. Pagar el viaje por Asia, pagar los últimos utensilios de cocina, pagar las mensualidades de algo que seguramente compré hace tiempo y ya olvidé que fue.
Enfermé digo. Acabo de tomarme la otra pastilla. Mi cuerpo ya no es un mar de posibilidades. Es ahora la herida abierta que nunca cicatriza. Bebo café después de varios días. El estómago arde, como arde la piel cuando la arañan con cientos de clavos. Las mañanas también han sido mañanas enfermas, enfermas de ausencias, enfermas de delirios, enfermas de paranoia, enfermas de mí y también de ese amor que es llama en mitad del desierto. Ave de mal agüero.
Estoy enfermo, digo. Y no me cabe ya nada en este corazón roto. Aquí, me rebalsa todo lo que me brota, la pasión, la visceralidad, los contrastes, los tonos grises, otra vez el amor que es un perro famélico caminando en el centro de la ciudad. Un perro que husmea y que sigue sin encontrar algo.
Digo que desempolvo todo. Pasaporte, libros, cuadernos, cámara, computadora, ojos, corazón, manos, pies, esperanza, amor.
Aquí estoy, agitando la mano a mitad de carretera... acompañado de la maleta rota.
Digo que desempolvo todo. Pasaporte, libros, cuadernos, cámara, computadora, ojos, corazón, manos, pies, esperanza, amor.
Aquí estoy, agitando la mano a mitad de carretera... acompañado de la maleta rota.
miércoles, 6 de mayo de 2015
COITA Y EL ORIGEN DEL MUNDO.
Para Bersaín, Adelaida, Flor, Ana y el pequeño Josué.
Recorro
el pueblo como quien se recorre a sí mismo. Los primeros paisajes de Coita no
provienen de mi infancia, provienen de la infancia de mi padre, un hombre que
nació bajo la sombra de un huapinol muy al sur del pueblo, en la orilla de
todo, donde árboles y silencio constituían el paisaje. Ahí papá aprendió a ser
libre, un manantial llamado Ojo de agua, que se encuentra en El paraje, el
barrio, le enseñó que uno brota de la tierra para recorrer el mundo.
Desde
las curvas del Meyapac, el cerro guardián de Coita, he observado infinidad de
veces al centenar de casas que se arremolinan sobre el valle y que por las
noches son un cúmulo de luciérnagas que apenas emprenden el vuelo. Desmenuzo la
geografía en barrios, al norte se encuentran San Bernabé y Cruz blanca, al
centro San Juan y San Antonio, al oriente La Santísima Trinidad y muy al sur,
El Paraje, el barrio de mi infancia y de la infancia de mi padre es uno de los más emblemáticos del pueblo, no
sólo por su condición de tener un nombre no religioso sino porque es el único
barrio que se formó a partir de los pocos habitantes de la orilla e inmigrantes
oaxaqueños. Hombres y mujeres errantes que hacían una parada a las afuera de
Coita antes de llegar a Tuxtla. Un breve descanso, así hasta que se mezclaron y
lo habitaron. El barrio surgió en la marginalidad, como una hibridación entre
lo nómada y lo sedentario. El Paraje como punto de partida y cuya división con
el resto del pueblo se daba a través de un río, hoy convertido en arroyo, que
nacía al sur oriente y a donde los lugareños llegaban a pescar, bañarse y lavar
la ropa. Justo en los alrededores del barrio se encuentran los restos de una de
las ciudades zoques prehispánicas, hoy llamado Cerro ombligo, la poca ciudad
sobrevive en medio de matorrales y siembras de maíz. La geografía coiteca es un
referente en la cultura zoque, aquí habitaron, aquí, dicen, crecieron la casta
guerrera de toda la etnia que se extendía por la zona norte de Chiapas, Oaxaca y
Tabasco y que estudios recientes la nombran como una de las culturas más
antiguas, muy por encima de la Olmeca, llamada por los historiadores, la
cultura madre. Dentro de la prehistoria del pueblo han anunciado que
Coita fue mar, así lo dicen los cientos de fósiles encontrados en diversos
lugares. Coita no se cansa de agua, allá rumbo al norte-poniente se
encuentra El Aguacero, una cascada que le ha dado prestigio turístico al
terruño, y que para verla, primero hay que bajar cientos y cientos de escalones
hasta llegar a uno de los grandes tesoros de Chiapas mejor guardado, El cañón
del río La Venta. La cascada en sí, como su nombre lo indica es un aguacero que
sucede todos los días del año, basta caminar bajo ella para saber que Dios está
ahí para purificarnos, río abajo suceden cuevas y otras cascadas y la flora y
fauna del lugar hace pensar que tal vez, así fue el jardín donde Adán y Eva
vivieron. En una de las cuevas, llamada El tapesco del diablo, y que se
encuentra a mitad de una de las paredes, se encontraron vestigios antiquísimos
que hoy son exhibidos en el museo de Tuxtla. El cañón del río surca la selva El
Ocote una de las geografías más interesantes del país y que junto con la selva
Lacandona constituyen el gran pulmón de México. El Ocote, guarda celosamente un
paisaje como pocos, ríos que surcan un verde virgen e inaccesible, ruinas
carcomidas por las raíces de los árboles y El arco del tiempo, hoy por hoy
nombrado como el arco natural más grande del mundo con sus ciento ochenta metros
de altura. La selva y el río, como artífices y testigos de la belleza salvaje,
como otra versión de Adán y Eva, como prueba fehaciente de milagros.
El cañón
del río termina en un pequeño mar interior con sus islotes y pescadores,
Malpaso y en cuyo interior quedó sepultado la antigua Quechula, el pueblo donde
nació mi madre y donde en ciertas épocas del año, el campanario de la iglesia
de Santiago Apóstol se asoma entre las aguas como queriendo decirnos algo. La
selva siempre será fruto de vida y de entre todos los paisajes, hay uno casi
único, el de las simas, esas fosas sobre la tierra que parecen puertas al
centro mismo. Están El sótano, El ombligo del mundo, La sima del mujú y La sima
de las cotorras, esta última muy cerca de la cabecera municipal, la más
accesible y en cuyo interior existe una selva que es refugio de miles de
cotorras que al amanecer emprenden el vuelo hacia el cañón. Cerca de la sima
hay unas formaciones rocosas que se erigen caprichosamente y dan pie a un paisaje
prehistórico y rebelde y que los lugareños han de bien llamar El cerebro, en una de las
periferias se encuentra la cueva de Santa Marta, donde estudios de la Unam,
dictan que Chiapas fue habitado desde hace más de once mil años y esos primeros
asentamientos estuvieron ahí.
La
historia de esta tierra sucede desde ese entonces. Primero mar, luego el
paisaje prehistórico de El cerebro y después llegaron los primeros pobladores así,
nómadas, cazadores, recolectores y fueron haciéndose sedentarios hasta
convertirse en zoques, luego la conquista, primero por los aztecas y luego por
los españoles. Llegó el sincretismo árabe-español y zoque y entonces comenzó
nuestra era porque a partir de ahí Coita comenzó a ser otro, a un lado de los
paisajes nace la festividad más grande, el carnaval zoque coiteco, donde se
entremezclan las culturas prehispánicas con la conquista española. Tajaj Jama, el padre sol, los monitos y el
tigre, el Mahoma, el David, el caballo. Vendrán luego el catolicismo y San Juan
Bautista y la Virgen de Asunción y el peregrinaje a Ocuilapa, un pequeño pueblo
sobre las montañas de Coita, donde existe la tradición alfarera, mujeres y
hombres y niños van a otras montañas a acarrear el barro rojo y lo amasan y
forman jarrones, vasijas, comales, tinajas y las cuecen y entonces ellos comen y
beben. También en las periferias de ese pueblo se cultiva las piñas que le han
dado renombre a Coita, una piña pequeña y de cáscara verde que guarda en su
interior uno de los sabores más dulces y exquisitos, la piña junto con el pan y
los cacahuates forman el conjunto de productos regionales por excelencia.
Existen decenas de familias dedicadas a hacer pan de manera artesanal y otras
tantas a trabajar los cacahuates que hoy son vendidos en muchas partes de
México y los hay enchilados, con sal, con ajo, con limón, naturales, estilo
español, garapiñados, deshidratados.
Todo
ha nacido aquí.
Pienso en Coita y
vuelvo a pensar en el origen del mundo y en Dios y en el texto del
Génesis: Y llamó Dios a lo seco tierra, y al conjunto de las aguas llamó mares.
Y vio Dios que era bueno. Y dijo Dios: Produzca la tierra vegetación: hierbas
que den semilla, y árboles frutales que den fruto sobre la tierra según su
género, con su semilla en él. Y es así como imagino que Dios creo a Coita y
que después de eso, Dios ya pudo crear los demás pueblos del mundo.
*El
nombre oficial de Coita es Ocozocoautla y que significa Lugar de ocosotes. El
nombre de Coita aunque hay algunas versiones en sí, sigue siendo un misterio.
Utilizo el sobrenombre como homenaje y porque los lugareños solemos referirnos
al pueblo de esa forma. Nunca como algo despectivo ni para demeritarlo.
martes, 24 de marzo de 2015
SOY UNA MAQUINA DE REPETICIONES
Soy una máquina de repeticiones. Una máquina simple que todos los días
despierta a las 6.30 y hace las mismas cosas, elegir la ropa que debe de
ponerse, ir al baño, ducharse, lavarse los dientes, vestirse, untarse un poco
de gel para domar el cabello, a veces
probar algo de cereal o si no, poner dos gelatinas y dos manzanas a la bolsa
del lunch y salir por la bicicleta e ir
a la oficina.
Sí, todos los días tomo la bicicleta y recorro varias cuadras de la
ciudad hasta llegar. Hay algo de libertad en la velocidad. Hay algo de libertad
también en el aire que choca con mi cara. Creo que ser ciclista ha sido de las
grandes cosas que ocurrieron a finales del dos mil catorce. Llegar a la oficina
implica abrirla, encender luces, encender la computadora, echarle un ojo a los
periódicos, ver mi correo personal, esperar a que los demás lleguen. Después,
reviso pendientes mientras se prepara el café, bebo mi primer taza, cuando voy
a beber la segunda salgo a una especie de jardín que tiene la oficina y a donde
muchos salen a hablar por teléfono o a fumar, mientras sorbo el café observo lo
dependiente que nos hemos vuelto. Yo dependo del café par
a despertar, como hay
gente que depende del teléfono para sobrevivir.
Por lo regular bebo una tercera o cuarta taza, lo hago en el escritorio
como la primera. Viendo asuntos propios de cualquier oficinista, oficios,
reportes, llamadas, atender al personal, y a ratos pensar que todo cambia.
Por la tarde también repito lo mismo. Salir a la misma hora, llegar a
casa, preparar la comida, a veces encender la tv, leer, echarme la siesta,
pensar en textos y volver a la misma persona una y otra vez. Hablar con mamá y
al final recibir la bendición de ella. Y también me repito con mis autores,
estos meses, me refugio en Pessoa como tantas veces en mi vida, en Ribeyro y
durante el último mes en Paul Auster.
Me repito entonces, todos los días, despertar a la misma hora, tomar el
café, pensar en la misma persona, como cualquier máquina, salvo que hoy, que mi
corazón necesita un poco de aceite porque le falla el engranaje.
martes, 17 de marzo de 2015
Más de mil días y mil vidas después...
A Lorenza de Arabia y,
a Rosa de
Vicente,
por estar conmigo en esta batalla.
Las siguientes fotografías pertenecen a un ejercicio de
abandonos, el amor, la casa, la vida, el trayecto, la pareja. Durante cuatro años me excluí del mundo, viví encerrado en
eso llamado “simbiosis destructiva”, me enfrenté a todos mis fantasmas y a
todos mis demonios. Aprendí a limpiar la vida, fueron años duros, difíciles,
dolorosos y también fueron años felices.
Las fotografías quizá no representen todos los episodios
vividos, pero sí, representa cada una, muchos días vividos, muchas vidas también,
al final, hablamos de mil días que es lo que dura el amor y hablamos de mil
vidas que es como se llama la canción final.
Apenas recuerdo mi vida hace cuatro años, mis miedos, mis contradicciones, mis ganas de ser otro. Un cuerpo mutilado por la universidad, por los viajes hacia lo más sórdido del ser humano. Siempre quise el mar. Aquí fue donde me redimí la primera vez. Eran los primeros días del los mil restantes.
Uno crea sus fantasmas, uno los alimenta, uno les da el poder para destruir. Ellos son nuestras propias batallas. Quien los enfrenta y los libra, tendrá la paz eterna.
Siempre fue mi motel favorito. Siempre la posibilidad, siempre el lugar donde no sólo mi cuerpo estuvo, sino también otros que creyeron en la misma posibilidad que yo.
Un día comimos chicozapote. Un día entonces mi corazón fue un chicozapote maduro que cayó mil veces.
Uno nunca sabe quién es, hasta que las luces van apareciendo y vamos tomando forma. Este es mi retrato, el retrato de un hombre invisible.
Hubo un día en que yo estaba solo, o en que sabía que alguien estaba con alguien, conjugando cualquier verbo en plural. Yo a kilómetros, profesaba amor y fidelidad, a distancia, alguien ya no lo hacía...
Un día volví al pueblo que nunca le gustó porque se había inventado otra historia. Hubo flores en el parque, de alguna manera, representaban el funeral que yo estaba viviendo esos días.
Una llamada, un lunes. Lloré mañanas y tardes y noches. Lloré vidas vidas enteras, lloré fantasmas, lloré perdones. Lloré tanto. Esta foto es de un jueves, la última vez que me puse a llorar como si nada tuviera remedio. Solté la última lágrima.
Es curioso, no fui yo quien destruyó las fotos. No fui yo quien puso el punto final. Una tarde, alguien llegó a casa y tomó las fotos, varias, y las hizo pedazos. Con esto, ambos estábamos destruyéndonos y construyéndonos al mismo tiempo. Toda ruptura es abandono. Todo abandono es ya, una ruptura.
Entonces sucede que uno comienza a palpar la realidad de otro modo. Uno es basura a veces, a ratos, uno es resto de algo.
"Solo aquel que está angustiado encuentra descanso; sólo aquel que desciende a los infiernos rescata a sus seres queridos y sólo aquel que empuña su cuchillo halla a Isaac."
KierkegaurdEn esos días lo único que hice fue cortarme la poca barba que tengo. Ya todo estaba dicho. Ya en el lavabo, sólo había un cepillo de dientes. Y sabía que esta vez, yo no había inventado nada.
Entonces abandoné todo, bebí y dejé que todo se llenará de moho, que todo lo carcomiera el tiempo, que todo se fuera a la cloaca. Por que al final de cuentas nosotros, sin saberlo, fuimos cloacas encontradas.
_
¿En qué momento una casa deja de ser una casa¿ ¿Cuándo se cae el techo? ¿Cuándo le quitan las ventanas? ¿cuándo las paredes se desmoronan? ¿Cuándo se convierte en un montón de escombros?
*
Pero un día, de repente, las paredes de la casa se desmoronan. Sin embargo, si la puerta sigue en pie, todo lo que hay que hacer es abrirla y volver a entrar.
Paul Auster
_Hubo un día. Una noche de domingo en una cafetería del centro de la Gran Ciudad, donde me puse a leer y a escribir. A recordar un poco quien había sido cuatro años antes, volví entonces al libro, al cuaderno de viaje, a la pluma, al café...
Ese día, pedí primero una limonada con agua mineral, sin azúcar y dos cubos de hielo y pedí también que no me trajeran popote. Ese día la ciudad empezó a ser otra.
Ha habido una herida y ahora me doy cuenta de que es muy profunda. Y el acto
de escribir, en lugar de cicatrizarla como yo creía que haría, ha mantenido esta herida abierta. En ocasiones he sentido su dolor concentrado en mi mano derecha, como si
sufriera un desgarramiento cada vez que levanto la pluma y la presiono contra el papel.
Uno elige el camino. Uno es el camino. Un viaje sin retorno.
*
*
También es probable que una vez que esta historia haya
acabado siga narrándose así misma, incluso después de haber gastado todas las
palabras.
No hay nada que recordar, nada más que una especie de vacío.
Paul Auster
miércoles, 25 de febrero de 2015
11.19
Bebo el café necesario, y fumo. Soy oficinista como tantas personas, oficinista que viene en bicicleta, oficinista que tiene que pagar las cuentas de agua, luz, teléfono, casa, coche, comida, ropa. Oficinista que recibe órdenes, oficinista que da órdenes, oficinista que cuida de su lápiz, sus hojas blancas, sus bolígrafos, porque dicen en almacén que cada vez hay menos. Oficinista que también le entra a la vendimia en su tiempo libre. Oficinista que hace eso, cumplir con las ocho horas mínimas que pide cualquier contrato de trabajo en este país. Con su respectiva hora para salir a comer.
Ya no escribo como antes ni tomo fotos, mucho menos voy a las cantinas que tanto me gustaban. Soy un hombre de bien, según algunas reglas de la moral en turno.
Ahora, justo ahora ya tengo frío el café y tengo dos oficios por hacer y una junta pendiente, ¿viajes?, no, por ahora no, las restricciones financieras están a todo lo que da, en función de cumplir con lo que la sociedad manda, incluye, pagar todo a meses sin intereses con todas las tarjetas bancarias y que las tengo ordenadas por la cantidad de crédito autorizado. Así, digamos, soy una persona que a crédito lo puede pagar casi todo.
Ahora me ha dado por la fotografía y el cine. Veo de tres a cuatro películas por semana y tomo cientos de fotos con la intención de mejorar la técnica, no sé si algún día sirva todo esto, el año pasado tomé dos cursos sobre auto representación en la fotografía y uno más sobre la post-producción en cine.
Tengo en mente, trabajar todos mis abandonos.También soy un hombre triste, de dos a cuatro veces por semana. Las otras veces soy un hombre normal, sin sobresaltos importantes.
de las cosas que quiero es volver a la literatura, tener el hábito de escribir todos los días y de leer, leer hasta quedar dormido. Hoy ya no pretendo grandes cosas, soy cada vez más egoísta, quiero las cosas para mí, como fue en un principio, leer para mí, escribir para mí, fotografiar para mí. No quiero monstruos coléricos acechándome desde la distancia. Quiero mis monstruos, los mismos que he tenido, los quiero despiertos, quiero domar la infancia, la adolescencia, el deseo pueril, el futuro que como serpiente arrasa y devasta la ciudad que soy.
Estoy perdido en mi imaginario. Pero voy apareciendo entre la neblina y la bruma, de mar y la montaña.
jueves, 29 de enero de 2015
De mudanza y autores
“yo, yo, yo estoy aquí frente a este cuaderno, luchando contra el estilo, contra el pensamiento, contra la belleza, sin poder hacer nada, vencido...”
Julio Ramón Ribeyro
Pero la ciudad es compasiva porque también resplandece el sol, su frío que cala algunas mañanas todavía es soportable y resulta esperanzador cuando uno ve el limpísimo cielo azul de los altos, así, sin una nube que manche todo el panorama. Yo vengo en bicicleta todas las mañanas a la oficina, a mí, no sólo me pega el frío, sino también el aire, esa pequeña ventisca que se produce cuando uno va en movimiento. Me arropo entonces con guante, gorro, ropa térmica, suéter, chamarra.
Hoy me refugio en tres autores que han hecho mella en mi vida personal Fernando Pessoa y Juan Ramón Ribeyro, quizá porque ante todo, fueron primero oficinistas y José Saramago por esa visión atea del mundo y porque fue en sus años cincuentas cuando realmente comienza a ser el escritor que fue. Curiosamente la vida me ha llevado a recorrer las mismas ciudades que todos ellos, Lisboa, Lima y Arrecife, en la isla de Lanzarote. Curiosamente a Saramago y a mí nos tocó caminar al mismo tiempo las calles de Arrecife y seguramente coincidir en la misma sala del aeropuerto de la isla.
Hoy me refugio en tres autores que han hecho mella en mi vida personal Fernando Pessoa y Juan Ramón Ribeyro, quizá porque ante todo, fueron primero oficinistas y José Saramago por esa visión atea del mundo y porque fue en sus años cincuentas cuando realmente comienza a ser el escritor que fue. Curiosamente la vida me ha llevado a recorrer las mismas ciudades que todos ellos, Lisboa, Lima y Arrecife, en la isla de Lanzarote. Curiosamente a Saramago y a mí nos tocó caminar al mismo tiempo las calles de Arrecife y seguramente coincidir en la misma sala del aeropuerto de la isla.
Lejos queda aquella lista de escritores que se convertían en favoritos sólo por el boom de lectores o porque habría que seguir la moda de ciertos escritores de culto. A través del tiempo uno va se va haciendo de sus propios escritores a quienes uno no solo sigue por sus obras sino también por las coincidencias de vida.
Me mudé de casa. Hoy mi vida transcurre en un cuarto de vecindad cerca del centro comercial. Viví durante mucho tiempo en un departamento cerca del centro. Un departamento precioso con plantas que la hacían de jardín al entrar. El lugar que habito desde hace un mes no tiene nada que ver con aquel espacio. He puesto a prueba mi imaginación y tuve que auxiliarme de varias cosas para que en un espacio de cuatro metros por cuatro metros cupieran libros, botellas de licor, un sofá cama, una minicocina con lo necesario, una cama y un clóset y además, poner todos los afiches que me han acompañado durante quince años que llevo como persona errante, mudándome de ciudad, mudándome de casa, mudándome de mi mismo.
Hoy sostengo una deuda bancaria como la mayoría de los capitalistas de este país. Hago pagos mensuales a una deuda que si bien me va, termino de pagarla en dos años, pero tengo un coche, una bicicleta y un centrifugador de lechuga que sirve de consuelo algunas tardes.
Para fortuna, sigo compartiendo mi vida con la misma persona desde hace cuatro años y que en los días de crisis, en el mejor de los casos me saca de las mismas y en otros tantos, las ahonda. Aun así, el amor entre nosotros flota como rosa sobre un lago turbulento.
Soy, en muchos casos, como alguien llegado de provincia y en otros, como alguien llegado de una gran ciudad. En ambos casos, siempre soy el que viene de otro sitio.
He hablado del pueblo donde nací y crecí, del barrio de ese pueblo donde me educaron los papás y los abuelos, de mi abuela loca y de mi abuelo alcohólico, de la tía que un día huyó con un hombre rico para nunca más volver, de la otra tía que siguió todas las reglas y hoy vive en una profunda depresión a causa de lo mismo.
En mi caso, alejado de tantas cosas, hoy debo de aprender a controlar mi ansiedad, mis depresiones, mi complejo de inferioridad y deseo, ahora lo mismo que Ribeyro…
“Tener una casa frente al mar, donde pueda pasar tardes tranquilas, interminables, mirando al poniente, escribiendo si me provoca, con uno o dos amigos, buenos discos, un buen vino, mi pequeña familia, un gato y la esperanza de sufrir poco.
jueves, 22 de enero de 2015
Carajillo, el gran santuario del café.
Aquí, todos los días hay frío. Por las mañanas nadie sale sin arropo. La ciudad, un laberinto de colores que se va difuminando hacia sus orillas, es hoy, el pueblo más mágico de todo el país. Aquí, como en ningún otro sitio convergen al mismo tiempo indígenas, extranjeros y mestizos. La ciudad es una hibridación que se traduce en olores, sabores, sonidos. Es una mezcla que a pesar de los años rescata toda heterogeneidad. Aunque aquí se encuentran diferentes razas y culturas cada uno sigue siendo fiel a sí mismo. La ciudad es un lugar feliz. Las personas que transitan sin preocupación alguna lo confirman. Nadie camina cabizbajo. Nadie con mirada triste.
Escudriño la ciudad. Sus barrios. Las calles que de pronto me parecen una postal onírica que se va construyendo a mi paso. Turistas, viajeros, músicos, casas en todas las tonalidades que se adhieren al paisaje. En la esquina está el restaurante argentino. Allá el restaurante y las tiendas que hablan del zapatismo y de la izquierda. A lado,
el pequeño supermercado donde uno consigue vinos de cualquier parte del mundo. Frente a eso, el pequeño bar a donde decenas de personas todas las tardes y todas las noches se sientan y beben hasta el cansancio. Estoy en el centro. Estoy en una de las calles más bonitas del país. Podría decir, sin ningún temor, que del mundo. Real de Guadalupe. Mi calle. La calle del sibarita. La travesía de los bares, los restaurantes, las cafeterías y las tiendas de productos importados.
Aquí comenzó un poco lo que soy ahora. A la mitad de la primera cuadra. Escondido en un pequeño local se encuentra el inicio de la mejor cafetería de la ciudad. Lo afirmo sin tener dudas. Carajillo café -el carajillito para quienes sabemos un poco de su historia-.
Volví muchas tardes. La misma dinámica. Mesa del rincón, café americano, libro y cuaderno de viaje. Así hasta que una tarde, Jesús, el dueño y la única persona que lo atendía, “me hizo plática”. Hablamos de libros, de lo bien que me parecía el lugar y de cómo empezaba a ser “mi cafetería”, y de ese estilo de vida de ya no poder vivir sin el café. Entre charla y charla Jesús me pidió que escogiera una bebida, me la iba a invitar. Pedí entonces un irlandés, pero él optó por cambiar mi petición. Entonces me sirvió una bebida hecha con espresso, leche cremada, licor, creo, si ahora la memoria no me falla, fresas y kiwi. Vino también otra cortesía, un pastel de chocolate y debo aclarar ahora, que no es pastel ni lleva chocolate pero es de las bebidas más extraordinarias que he podido probar.
Carajillo se convirtió en mi lugar de lectura. En el café de referencia. En el café de mis mañanas. Aprendí a degustar el espresso, a saber diferenciar la amargura, la acidez y la dulzura tan propias del café y tan propias de la vida. Supe entre sus mesas la importancia del regusto. Esa sensación que nos deja una bebida después de terminarla.
Vinieron después algunos viajes. La ruta del café de Chiapas, allá en el Soconusco. El café en La Habana. El café en Perú. El café en Colombia. Mi curiosidad me llevó a otros lados pero siempre me regresó a este sitio. Carajillo. En alguna charla, me contaron de la importancia de todo el proceso de elaboración. Supe que el café es de San Pedro Cotzilnam, en Aldama, aquí en Los Altos. Pequeños productores. Familias enteras que de manera artesanal siembran y cosechan. Del verdadero comercio justo. Del compromiso de Carajillo por mejorar de manera real la vida de los productores. De las veces en que las familias indígenas se han sentado a beber un espresso, un capuchino y de la alegría de saber que el café que ellos cosecharon y asolearon es el que beben ellos y beben los extranjeros y bebemos todos.
Carajillo. El nombre genérico de los cafés con alcohol. Es hoy, en la ciudad y en el sureste del país, el gran santuario del café. Del café chiapaneco. Lo sé con justa razón, los chicos, todos, son baristas. Sí, son personas especialistas en el café de alta calidad y en la preparación de la misma. Jesús es el alquimista, el gurú, el maestro, el cafeólogo que nos explica todas las bondades del café, quien enseña a cada uno, lo que es beber un buen café. Carajillo ostenta de ser el único lugar con la mejor barista del todos los estados del sur. Hablo también de ser el único café certificado por el Coffee quality institute como uno de los mejores del mundo.
En el centro del país Carajillo compitió con una trasnacional. Carajillo ganó.
Ahora sorbo café. Regreso porque el principio de muchas historias están en una primera taza. Regreso a la cafetería. Me siento. Mientras leo siempre hay alguien dispuesto a prepararme el café frente a mis ojos. Infinidad de veces me han preguntado ¿cómo quiere su café? ¿café negro? ¿espresso? ¿en qué método? ¿melita? ¿jarra italiana? ¿sifón japonés? ¿turco? ¿gusta un café de olla hecha en jarra de peltre y endulzado con piloncillo con un toque de canela? E infinidad de veces he pedido mi espresso, mi café negro, mi sifón japonés, mi café de olla mientras abro el libro y mientras escribo en el cuaderno de viaje. Hoy soy testigo. Aquí en Carajillo café han comenzado muchas historias. En este café se marcan los inicios. Porque a San Cristóbal se le debe de descubrir con café en mano. Porque a una gran ciudad sólo debe de recorrerse con un gran café. Aquí hemos comenzado.
*Texto publicado originalmente en El diario ya.
miércoles, 21 de enero de 2015
Volví a escribir por
insistencia de una amiga que me pidió un encargo en diciembre pasado, también
por otro amigo que quiso una colaboración mía para una revista. Había dejado de
hacerlo por varias razones, el dos mil catorce no fue precisamente un buen año.
Hubo mucho silencio de mi parte, muchísimos abandonos, dejé de leer y dejé de
escribir como "habitualmente lo hago". Me pasé la mayor parte del
tiempo refugiado en la fotografía como queriendo descubrir ahí, después de
treinta años de haber nacido, quien empiezo a ser.
Yo, quien he sido un
apasionado de la literatura, de los viajes, sibarita del café y de la buena
comida, viajé sólo lo justo y la mayor parte de mi tiempo pasó entre mi
familia, mi amante y los amigos cercanos con quienes suelo reunirme y lo único
que hacemos es VIVIR, así en mayúsculas.
Pessoa decía: Aislarme tanto
cuanto me sea posible de los otros, equivale a respetar la verdad.
Eso pasó, hoy sólo quiero
compartir un poco lo que voy viendo mientras camino y quizá también todo se deba a una especie de reconciliación, sobre todo conmigo mismo.
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