martes, 24 de marzo de 2015

SOY UNA MAQUINA DE REPETICIONES

Soy una máquina de repeticiones. Una máquina simple que todos los días despierta a las 6.30 y hace las mismas cosas, elegir la ropa que debe de ponerse, ir al baño, ducharse, lavarse los dientes, vestirse, untarse un poco de gel para domar el cabello,  a veces probar algo de cereal o si no, poner dos gelatinas y dos manzanas a la bolsa del lunch y  salir por la bicicleta e ir a la oficina.

Sí, todos los días tomo la bicicleta y recorro varias cuadras de la ciudad hasta llegar. Hay algo de libertad en la velocidad. Hay algo de libertad también en el aire que choca con mi cara. Creo que ser ciclista ha sido de las grandes cosas que ocurrieron a finales del dos mil catorce. Llegar a la oficina implica abrirla, encender luces, encender la computadora, echarle un ojo a los periódicos, ver mi correo personal, esperar a que los demás lleguen. Después, reviso pendientes mientras se prepara el café, bebo mi primer taza, cuando voy a beber la segunda salgo a una especie de jardín que tiene la oficina y a donde muchos salen a hablar por teléfono o a fumar, mientras sorbo el café observo lo dependiente que nos hemos vuelto. Yo dependo del café par
a despertar, como hay gente que depende del teléfono para sobrevivir.

Por lo regular bebo una tercera o cuarta taza, lo hago en el escritorio como la primera. Viendo asuntos propios de cualquier oficinista, oficios, reportes, llamadas, atender al personal, y a ratos pensar que todo cambia.

Por la tarde también repito lo mismo. Salir a la misma hora, llegar a casa, preparar la comida, a veces encender la tv, leer, echarme la siesta, pensar en textos y volver a la misma persona una y otra vez. Hablar con mamá y al final recibir la bendición de ella. Y también me repito con mis autores, estos meses, me refugio en Pessoa como tantas veces en mi vida, en Ribeyro y durante el último mes en Paul Auster.


Me repito entonces, todos los días, despertar a la misma hora, tomar el café, pensar en la misma persona, como cualquier máquina, salvo que hoy, que mi corazón necesita un poco de aceite porque le falla el engranaje.

martes, 17 de marzo de 2015

Más de mil días y mil vidas después...

A Lorenza de Arabia y,
 a Rosa de Vicente, 
por estar conmigo en esta batalla.



Las siguientes fotografías pertenecen a un ejercicio de abandonos, el amor, la casa, la vida, el trayecto, la pareja. Durante cuatro años me excluí del mundo, viví encerrado en eso llamado “simbiosis destructiva”, me enfrenté a todos mis fantasmas y a todos mis demonios. Aprendí a limpiar la vida, fueron años duros, difíciles, dolorosos y también fueron años felices.


Las fotografías quizá no representen todos los episodios vividos, pero sí, representa cada una, muchos días vividos, muchas vidas también, al final, hablamos de mil días que es lo que dura el amor y hablamos de mil vidas que es como se llama la canción final.


Apenas recuerdo mi vida hace cuatro años, mis miedos, mis contradicciones, mis ganas de ser otro. Un cuerpo mutilado por la universidad, por los viajes hacia lo más sórdido del ser humano. Siempre quise el mar. Aquí fue donde me redimí la primera vez. Eran los primeros días del los mil restantes.





Uno crea sus fantasmas, uno los alimenta, uno les da el poder para destruir. Ellos son nuestras propias batallas. Quien los enfrenta y los libra, tendrá la paz eterna.





Siempre fue mi motel favorito. Siempre la posibilidad, siempre el lugar donde no sólo mi cuerpo estuvo, sino también otros que creyeron en la misma posibilidad que yo.






Un día comimos chicozapote. Un día entonces mi corazón fue un chicozapote maduro que cayó mil veces.





Uno nunca sabe quién es, hasta que las luces van apareciendo y vamos tomando forma. Este es mi retrato, el retrato de un hombre invisible.






Hubo un día en que yo estaba solo, o en que sabía que alguien estaba con alguien, conjugando cualquier verbo en plural. Yo a kilómetros, profesaba amor y fidelidad, a distancia, alguien ya no lo hacía...




Un día volví al pueblo que nunca le gustó porque se había inventado otra historia. Hubo flores en el parque, de alguna manera, representaban el funeral que yo estaba viviendo esos días.



Una llamada, un lunes. Lloré mañanas y tardes y noches. Lloré vidas vidas enteras, lloré fantasmas, lloré perdones. Lloré tanto. Esta foto es de un jueves, la última vez que me puse a llorar como si nada tuviera remedio. Solté la última lágrima.






Es curioso, no fui yo quien destruyó las fotos. No fui yo quien puso el punto final. Una tarde, alguien llegó a casa y tomó las fotos, varias, y las hizo pedazos. Con esto, ambos estábamos destruyéndonos y construyéndonos al mismo tiempo. Toda ruptura es abandono. Todo abandono es ya, una ruptura.






Entonces sucede que uno comienza a palpar la realidad de otro modo. Uno es basura a veces, a ratos, uno es resto de algo.


"Solo aquel que está angustiado encuentra descanso; sólo aquel que desciende a los infiernos rescata a sus seres queridos y sólo aquel que empuña su cuchillo halla a Isaac."
Kierkegaurd





 En esos días lo único que hice fue cortarme la poca barba que tengo. Ya todo estaba dicho. Ya en el lavabo, sólo había un cepillo de dientes. Y sabía que esta vez, yo no había inventado nada.









Entonces abandoné todo, bebí y dejé que todo se llenará de moho, que todo lo carcomiera el tiempo, que todo se fuera a la cloaca. Por que al final de cuentas nosotros, sin saberlo, fuimos cloacas encontradas.

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¿En qué momento una casa deja de ser una casa¿ ¿Cuándo se cae el techo? ¿Cuándo le quitan las ventanas? ¿cuándo las paredes se desmoronan? ¿Cuándo se convierte en un montón de escombros?
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Pero un día, de repente, las paredes de la casa se desmoronan. Sin embargo, si la puerta sigue en pie, todo lo que hay que hacer es abrirla y volver a entrar.

Paul Auster
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Hubo un día. Una noche de domingo en una cafetería del centro de la Gran Ciudad, donde me puse a leer y a escribir. A recordar un poco quien había sido cuatro años antes, volví entonces al libro, al cuaderno de viaje, a la pluma, al café...
Ese día, pedí primero una limonada con agua mineral, sin azúcar y dos cubos de hielo y pedí también que no me trajeran popote. Ese día la ciudad empezó a ser otra.


Ha habido una herida y ahora me doy cuenta de que es muy profunda. Y el acto de escribir, en lugar de cicatrizarla como yo creía que haría, ha mantenido esta herida abierta. En ocasiones he sentido su dolor concentrado en mi mano derecha, como si sufriera un desgarramiento cada vez que levanto la pluma y la presiono contra el papel.

Paul Auster






Uno elige el camino. Uno es el camino. Un viaje sin retorno.

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También es probable que una vez que esta historia haya acabado siga narrándose así misma, incluso después de haber gastado todas las palabras.

No hay nada que recordar, nada más que una especie de vacío.


Paul Auster