Enfermé. Ahora apenas recupero la movilidad de mis manos, apenas voy dejando los medicamentos con dosis cada vez más espaciadas. He llorado un poco. Ya saben, así, como lloramos pocos, en silencios, abrazados a la nada. Anoche me asomé a la pequeña biblioteca y acaricié algunos libros. Hace tanto que no leo. Hace tanto que enfermé. Hace tanto que dejé un poco de ser yo. Hablo de mí. De ser un texto inacabado, una especie de carretera que olvidaron construir. Treinta y tantos años ya y aún no poseo bienes materiales que puedan darme el estatus de "hombre de bien". En cambio muevo la cabeza cuando llegan los estados de cuenta. Pagar el viaje por Asia, pagar los últimos utensilios de cocina, pagar las mensualidades de algo que seguramente compré hace tiempo y ya olvidé que fue.
Enfermé digo. Acabo de tomarme la otra pastilla. Mi cuerpo ya no es un mar de posibilidades. Es ahora la herida abierta que nunca cicatriza. Bebo café después de varios días. El estómago arde, como arde la piel cuando la arañan con cientos de clavos. Las mañanas también han sido mañanas enfermas, enfermas de ausencias, enfermas de delirios, enfermas de paranoia, enfermas de mí y también de ese amor que es llama en mitad del desierto. Ave de mal agüero.
Estoy enfermo, digo. Y no me cabe ya nada en este corazón roto. Aquí, me rebalsa todo lo que me brota, la pasión, la visceralidad, los contrastes, los tonos grises, otra vez el amor que es un perro famélico caminando en el centro de la ciudad. Un perro que husmea y que sigue sin encontrar algo.
Digo que desempolvo todo. Pasaporte, libros, cuadernos, cámara, computadora, ojos, corazón, manos, pies, esperanza, amor.
Aquí estoy, agitando la mano a mitad de carretera... acompañado de la maleta rota.
Digo que desempolvo todo. Pasaporte, libros, cuadernos, cámara, computadora, ojos, corazón, manos, pies, esperanza, amor.
Aquí estoy, agitando la mano a mitad de carretera... acompañado de la maleta rota.
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