“yo, yo, yo estoy aquí frente a este cuaderno, luchando contra el estilo, contra el pensamiento, contra la belleza, sin poder hacer nada, vencido...”
Julio Ramón Ribeyro
Pero la ciudad es compasiva porque también resplandece el sol, su frío que cala algunas mañanas todavía es soportable y resulta esperanzador cuando uno ve el limpísimo cielo azul de los altos, así, sin una nube que manche todo el panorama. Yo vengo en bicicleta todas las mañanas a la oficina, a mí, no sólo me pega el frío, sino también el aire, esa pequeña ventisca que se produce cuando uno va en movimiento. Me arropo entonces con guante, gorro, ropa térmica, suéter, chamarra.
Hoy me refugio en tres autores que han hecho mella en mi vida personal Fernando Pessoa y Juan Ramón Ribeyro, quizá porque ante todo, fueron primero oficinistas y José Saramago por esa visión atea del mundo y porque fue en sus años cincuentas cuando realmente comienza a ser el escritor que fue. Curiosamente la vida me ha llevado a recorrer las mismas ciudades que todos ellos, Lisboa, Lima y Arrecife, en la isla de Lanzarote. Curiosamente a Saramago y a mí nos tocó caminar al mismo tiempo las calles de Arrecife y seguramente coincidir en la misma sala del aeropuerto de la isla.
Hoy me refugio en tres autores que han hecho mella en mi vida personal Fernando Pessoa y Juan Ramón Ribeyro, quizá porque ante todo, fueron primero oficinistas y José Saramago por esa visión atea del mundo y porque fue en sus años cincuentas cuando realmente comienza a ser el escritor que fue. Curiosamente la vida me ha llevado a recorrer las mismas ciudades que todos ellos, Lisboa, Lima y Arrecife, en la isla de Lanzarote. Curiosamente a Saramago y a mí nos tocó caminar al mismo tiempo las calles de Arrecife y seguramente coincidir en la misma sala del aeropuerto de la isla.
Lejos queda aquella lista de escritores que se convertían en favoritos sólo por el boom de lectores o porque habría que seguir la moda de ciertos escritores de culto. A través del tiempo uno va se va haciendo de sus propios escritores a quienes uno no solo sigue por sus obras sino también por las coincidencias de vida.
Me mudé de casa. Hoy mi vida transcurre en un cuarto de vecindad cerca del centro comercial. Viví durante mucho tiempo en un departamento cerca del centro. Un departamento precioso con plantas que la hacían de jardín al entrar. El lugar que habito desde hace un mes no tiene nada que ver con aquel espacio. He puesto a prueba mi imaginación y tuve que auxiliarme de varias cosas para que en un espacio de cuatro metros por cuatro metros cupieran libros, botellas de licor, un sofá cama, una minicocina con lo necesario, una cama y un clóset y además, poner todos los afiches que me han acompañado durante quince años que llevo como persona errante, mudándome de ciudad, mudándome de casa, mudándome de mi mismo.
Hoy sostengo una deuda bancaria como la mayoría de los capitalistas de este país. Hago pagos mensuales a una deuda que si bien me va, termino de pagarla en dos años, pero tengo un coche, una bicicleta y un centrifugador de lechuga que sirve de consuelo algunas tardes.
Para fortuna, sigo compartiendo mi vida con la misma persona desde hace cuatro años y que en los días de crisis, en el mejor de los casos me saca de las mismas y en otros tantos, las ahonda. Aun así, el amor entre nosotros flota como rosa sobre un lago turbulento.
Soy, en muchos casos, como alguien llegado de provincia y en otros, como alguien llegado de una gran ciudad. En ambos casos, siempre soy el que viene de otro sitio.
He hablado del pueblo donde nací y crecí, del barrio de ese pueblo donde me educaron los papás y los abuelos, de mi abuela loca y de mi abuelo alcohólico, de la tía que un día huyó con un hombre rico para nunca más volver, de la otra tía que siguió todas las reglas y hoy vive en una profunda depresión a causa de lo mismo.
En mi caso, alejado de tantas cosas, hoy debo de aprender a controlar mi ansiedad, mis depresiones, mi complejo de inferioridad y deseo, ahora lo mismo que Ribeyro…
“Tener una casa frente al mar, donde pueda pasar tardes tranquilas, interminables, mirando al poniente, escribiendo si me provoca, con uno o dos amigos, buenos discos, un buen vino, mi pequeña familia, un gato y la esperanza de sufrir poco.


