jueves, 29 de enero de 2015

De mudanza y autores

“yo, yo, yo estoy aquí frente a este cuaderno, luchando contra el estilo, contra el pensamiento, contra la belleza, sin poder hacer nada, vencido...”
Julio Ramón Ribeyro


Pero la ciudad es compasiva porque también resplandece el sol, su frío que cala algunas mañanas todavía es soportable y resulta esperanzador cuando uno ve el limpísimo cielo azul de los altos, así, sin una nube que manche todo el panorama. Yo vengo en bicicleta todas las mañanas a la oficina, a mí, no sólo me pega el frío, sino también el aire, esa pequeña ventisca que se produce cuando uno va en movimiento. Me arropo entonces con guante, gorro, ropa térmica, suéter, chamarra.

Hoy me refugio en tres autores que han hecho mella en mi vida personal Fernando Pessoa y Juan Ramón Ribeyro, quizá porque ante todo, fueron primero oficinistas y José Saramago por esa visión atea del mundo y porque fue en sus años cincuentas cuando realmente comienza a ser el escritor que fue. Curiosamente la vida me ha llevado a recorrer las mismas ciudades que todos ellos, Lisboa, Lima y Arrecife, en la isla de Lanzarote. Curiosamente a Saramago y a mí nos tocó caminar al mismo tiempo las calles de Arrecife y seguramente coincidir en la misma sala del aeropuerto de la isla.
Lejos queda aquella lista de escritores que se convertían en favoritos sólo por el boom de lectores o porque habría que seguir la moda de ciertos escritores de culto. A través del tiempo uno va se va haciendo de sus propios escritores a quienes uno no solo sigue por sus obras sino también por las coincidencias de vida.

Me mudé de casa. Hoy mi vida transcurre en un cuarto de vecindad cerca del centro comercial. Viví durante mucho tiempo en un departamento cerca del centro. Un departamento precioso con plantas que la hacían de jardín al entrar. El lugar que habito desde hace un mes no tiene nada que ver con aquel espacio. He puesto a prueba mi imaginación y tuve que auxiliarme de varias cosas para que en un espacio de cuatro metros por cuatro metros cupieran libros, botellas de licor, un sofá cama, una minicocina con lo necesario, una cama y un clóset y además, poner todos los afiches que me han acompañado durante quince años que llevo como persona errante, mudándome de ciudad, mudándome de casa, mudándome de mi mismo.

Hoy sostengo una deuda bancaria como la mayoría de los capitalistas de este país. Hago pagos mensuales a una deuda que si bien me va, termino de pagarla en dos años, pero tengo un coche, una bicicleta y un centrifugador de lechuga que sirve de consuelo algunas tardes.
Para fortuna, sigo compartiendo mi vida con la misma persona desde hace cuatro años y que en los días de crisis, en el mejor de los casos me saca de las mismas y en otros tantos, las ahonda. Aun así, el amor entre nosotros flota como rosa sobre un lago turbulento.

Soy, en muchos casos, como alguien llegado de provincia y en otros, como alguien llegado de una gran ciudad. En ambos casos, siempre soy el que viene de otro sitio.

He hablado del pueblo donde nací y crecí, del barrio de ese pueblo donde me educaron los papás y los abuelos, de mi abuela loca y de mi abuelo alcohólico, de la tía que un día huyó con un hombre rico para nunca más volver, de la otra tía que siguió todas las reglas y hoy vive en una profunda depresión a causa de lo mismo.

En mi caso, alejado de tantas cosas, hoy debo de aprender a controlar mi ansiedad, mis depresiones, mi complejo de inferioridad y deseo, ahora lo mismo que Ribeyro…

“Tener una casa frente al mar, donde pueda pasar tardes tranquilas, interminables, mirando al poniente, escribiendo si me provoca, con uno o dos amigos, buenos discos, un buen vino, mi pequeña familia, un gato y la esperanza de sufrir poco.

jueves, 22 de enero de 2015

Carajillo, el gran santuario del café.




Aquí, todos los días hay frío. Por las mañanas nadie sale sin arropo. La ciudad, un laberinto de colores que se va difuminando hacia sus orillas, es hoy, el pueblo más mágico de todo el país. Aquí, como en ningún otro sitio convergen al mismo tiempo indígenas, extranjeros y mestizos. La ciudad es una hibridación que se traduce en olores, sabores, sonidos. Es una mezcla que a pesar de los años rescata toda heterogeneidad. Aunque aquí se encuentran diferentes razas y culturas cada uno sigue siendo fiel a sí mismo. La ciudad es un lugar feliz. Las personas que transitan sin preocupación alguna lo confirman. Nadie camina cabizbajo. Nadie con mirada triste.

Escudriño la ciudad. Sus barrios. Las calles que de pronto me parecen una postal onírica que se va construyendo a mi paso. Turistas, viajeros, músicos, casas en todas las tonalidades que se adhieren al paisaje. En la esquina está el restaurante argentino. Allá el restaurante y las tiendas que hablan del zapatismo y de la izquierda. A lado,
el pequeño supermercado donde uno consigue vinos de cualquier parte del mundo. Frente a eso, el pequeño bar a donde decenas de personas todas las tardes y todas las noches se sientan y beben hasta el cansancio. Estoy en el centro. Estoy en una de las calles más bonitas del país. Podría decir, sin ningún temor, que del mundo. Real de Guadalupe. Mi calle. La calle del sibarita. La travesía de los bares, los restaurantes, las cafeterías y las tiendas de productos importados.

Aquí comenzó un poco lo que soy ahora. A la mitad de la primera cuadra. Escondido en un pequeño local se encuentra el inicio de la mejor cafetería de la ciudad. Lo afirmo sin tener dudas. Carajillo café -el carajillito para quienes sabemos un poco de su historia-.

A los pocos meses de llegar a la ciudad. Me dediqué de manera incansable a caminarla. A buscar los lugares. Sus lugares. Que al final terminaron siendo mis lugares. Solía entrar y salir de restaurantes, de cafeterías, de bares. Curiosear el menú, revisar precios, mirar detalladamente la decoración. Degustar las especialidades. Y al final decidir si me quedaba con el sitio o debía buscar otro. Así fue mi tarea durante esas tardes. Conocer la ciudad. Reconocerme como viajero y sibarita. En ese ir y venir. Con libro y cuaderno de viaje bajo el brazo llegué a Carajillo una tarde de junio del dos mil diez. Se anunciaba como una cafetería donde el café se podía beber con piquete y hacía referencia al tequila, al brandi, al whisky, al licor del cuarenta y cinco y todos tenían como base el espresso. Qué mejor, me dije, un lugar donde uno pudiera mezclar sus pasiones. Busqué, como lo he hecho en tantos lugares, la mesa del rincón. Abrí mi libro y tomé apuntes en el cuaderno azul. El lugar era modesto y muy tranquilo, justo lo que yo pedía. La carta me era totalmente desconocida. No podía reconocer ninguno de los cafés, salvo el irlandés que solía beber en mis tiempos de universitario allá en Tapachula, en una cafetería del centro. Decidí para no verme mal, un americano. Vino el café y con él, el aroma y el sabor. Sorbí poco a poco del vaso de cristal transparente. El café también debe producir paz. El café lo estaba produciendo. Escribí entonces.

Volví muchas tardes. La misma dinámica. Mesa del rincón, café americano, libro y cuaderno de viaje. Así hasta que una tarde, Jesús, el dueño y la única persona que lo atendía, “me hizo plática”. Hablamos de libros, de lo bien que me parecía el lugar y de cómo empezaba a ser “mi cafetería”, y de ese estilo de vida de ya no poder vivir sin el café. Entre charla y charla Jesús me pidió que escogiera una bebida, me la iba a invitar. Pedí entonces un irlandés, pero él optó por cambiar mi petición. Entonces me sirvió una bebida hecha con espresso, leche cremada, licor, creo, si ahora la memoria no me falla, fresas y kiwi. Vino también otra cortesía, un pastel de chocolate y debo aclarar ahora, que no es pastel ni lleva chocolate pero es de las bebidas más extraordinarias que he podido probar.
Carajillo se convirtió en mi lugar de lectura. En el café de referencia. En el café de mis mañanas. Aprendí a degustar el espresso, a saber diferenciar la amargura, la acidez y la dulzura tan propias del café y tan propias de la vida. Supe entre sus mesas la importancia del regusto. Esa sensación que nos deja una bebida después de terminarla.
Vinieron después algunos viajes. La ruta del café de Chiapas, allá en el Soconusco. El café en La Habana. El café en Perú. El café en Colombia. Mi curiosidad me llevó a otros lados pero siempre me regresó a este sitio. Carajillo. En alguna charla, me contaron de la importancia de todo el proceso de elaboración. Supe que el café es de San Pedro Cotzilnam, en Aldama, aquí en Los Altos. Pequeños productores. Familias enteras que de manera artesanal siembran y cosechan. Del verdadero comercio justo. Del compromiso de Carajillo por mejorar de manera real la vida de los productores. De las veces en que las familias indígenas se han sentado a beber un espresso, un capuchino y de la alegría de saber que el café que ellos cosecharon y asolearon es el que beben ellos y beben los extranjeros y bebemos todos.

He crecido a lado de Carajillo. Hablo en el sentido de lector, de escritor, de viajero. Llegó el día en que el pequeño local fue insuficiente. El saber que ahí se bebe un buen café comenzó a regarse entre los lugareños y turistas. Carajillo entonces abrió su tostador de café. Ahí uno puede comprar desde un cuarto hasta kilos completos. También es una escuela para saber de granos, de tostado, de molido. Existen mezclas únicas. Explican la importancia del aroma, de la fragancia, de la textura, de la intensidad del sabor. Existen catas cada miércoles. Así creció Carajillo y así también aprendí más acerca del café. Vendría luego Carajillo resto, en la tercera cuadra de la calle, un gran lugar con una preciosa terraza. Del lugar, la barra al entrar, los cristales que reflejan jarras, termos, pequeñas estufas, filtros, molinos y demás aditamentos propios del café. El piso original de la construcción, pequeños azulejos en tono verde. Luego la otra barra, donde se preparan los cócteles. Las flores que adornan el lugar. Y la terraza al fondo, donde al anochecer resplandecen como luciérnagas las decenas de velitas que la decoran. Cuadros y fotografías. Algunas exposiciones terminan por hacer único a este lugar. El café es el rey. Un comensal. Un sibarita. El viajero. Los turistas. Los lugareños. Los paseantes. Todos han entrado. Hay un café para cada uno. Hoy es un santuario. Ristretto. Espresso. Café negro. Macchiatto. Latte. Capuchino (El verdadero capuchino, no esa mezcla rara y servida en copas de cristal que venden en muchos sitios y defraudan a quienes sabemos como se prepara realmente en Italia). Cafés fríos o calientes. Vírgenes o con alcohol. Suaves o intensos. Preparados en máquina o de manera artesanal. Con explicación o sin ella.
Carajillo. El nombre genérico de los cafés con alcohol. Es hoy, en la ciudad y en el sureste del país, el gran santuario del café. Del café chiapaneco. Lo sé con justa razón, los chicos, todos, son baristas. Sí, son personas especialistas en el café de alta calidad y en la preparación de la misma. Jesús es el alquimista, el gurú, el maestro, el cafeólogo que nos explica todas las bondades del café, quien enseña a cada uno, lo que es beber un buen café. Carajillo ostenta de ser el único lugar con la mejor barista del todos los estados del sur. Hablo también de ser el único café certificado por el Coffee quality institute como uno de los mejores del mundo.

En el centro del país Carajillo compitió con una trasnacional. Carajillo ganó.

Ahora sorbo café. Regreso porque el principio de muchas historias están en una primera taza. Regreso a la cafetería. Me siento. Mientras leo siempre hay alguien dispuesto a prepararme el café frente a mis ojos. Infinidad de veces me han preguntado ¿cómo quiere su café? ¿café negro? ¿espresso? ¿en qué método? ¿melita? ¿jarra italiana? ¿sifón japonés? ¿turco? ¿gusta un café de olla hecha en jarra de peltre y endulzado con piloncillo con un toque de canela? E infinidad de veces he pedido mi espresso, mi café negro, mi sifón japonés, mi café de olla mientras abro el libro y mientras escribo en el cuaderno de viaje. Hoy soy testigo. Aquí en Carajillo café han comenzado muchas historias. En este café se marcan los inicios. Porque a San Cristóbal se le debe de descubrir con café en mano. Porque a una gran ciudad sólo debe de recorrerse con un gran café. Aquí hemos comenzado.


*Texto publicado originalmente en El diario ya.

miércoles, 21 de enero de 2015

Volví a escribir por insistencia de una amiga que me pidió un encargo en diciembre pasado, también por otro amigo que quiso una colaboración mía para una revista. Había dejado de hacerlo por varias razones, el dos mil catorce no fue precisamente un buen año. Hubo mucho silencio de mi parte, muchísimos abandonos, dejé de leer y dejé de escribir como "habitualmente lo hago". Me pasé la mayor parte del tiempo refugiado en la fotografía como queriendo descubrir ahí, después de treinta años de haber nacido, quien empiezo a ser.

Yo, quien he sido un apasionado de la literatura, de los viajes, sibarita del café y de la buena comida, viajé sólo lo justo y la mayor parte de mi tiempo pasó entre mi familia, mi amante y los amigos cercanos con quienes suelo reunirme y lo único que hacemos es VIVIR, así en mayúsculas.

Pessoa decía: Aislarme tanto cuanto me sea posible de los otros, equivale a respetar la verdad.


Eso pasó, hoy sólo quiero compartir un poco lo que voy viendo mientras camino y quizá también todo se deba a una especie de reconciliación, sobre todo conmigo mismo.