miércoles, 6 de mayo de 2015

COITA Y EL ORIGEN DEL MUNDO.

Para Bersaín, Adelaida, Flor, Ana y el pequeño Josué.


Recorro el pueblo como quien se recorre a sí mismo. Los primeros paisajes de Coita no provienen de mi infancia, provienen de la infancia de mi padre, un hombre que nació bajo la sombra de un huapinol muy al sur del pueblo, en la orilla de todo, donde árboles y silencio constituían el paisaje. Ahí papá aprendió a ser libre, un manantial llamado Ojo de agua, que se encuentra en El paraje, el barrio, le enseñó que uno brota de la tierra para recorrer el mundo.

Desde las curvas del Meyapac, el cerro guardián de Coita, he observado infinidad de veces al centenar de casas que se arremolinan sobre el valle y que por las noches son un cúmulo de luciérnagas que apenas emprenden el vuelo. Desmenuzo la geografía en barrios, al norte se encuentran San Bernabé y Cruz blanca, al centro San Juan y San Antonio, al oriente La Santísima Trinidad y muy al sur, El Paraje, el barrio de mi infancia y de la infancia de mi padre  es uno de los más emblemáticos del pueblo, no sólo por su condición de tener un nombre no religioso sino porque es el único barrio que se formó a partir de los pocos habitantes de la orilla e inmigrantes oaxaqueños. Hombres y mujeres errantes que hacían una parada a las afuera de Coita antes de llegar a Tuxtla. Un breve descanso, así hasta que se mezclaron y lo habitaron. El barrio surgió en la marginalidad, como una hibridación entre lo nómada y lo sedentario. El Paraje como punto de partida y cuya división con el resto del pueblo se daba a través de un río, hoy convertido en arroyo, que nacía al sur oriente y a donde los lugareños llegaban a pescar, bañarse y lavar la ropa. Justo en los alrededores del barrio se encuentran los restos de una de las ciudades zoques prehispánicas, hoy llamado Cerro ombligo, la poca ciudad sobrevive en medio de matorrales y siembras de maíz. La geografía coiteca es un referente en la cultura zoque, aquí habitaron, aquí, dicen, crecieron la casta guerrera de toda la etnia que se extendía por la zona norte de Chiapas, Oaxaca y Tabasco y que estudios recientes la nombran como una de las culturas más antiguas, muy por encima de la Olmeca, llamada por los historiadores, la cultura madre. Dentro de la prehistoria del pueblo han anunciado que Coita fue mar, así lo dicen los cientos de fósiles encontrados en diversos lugares. Coita no se cansa de agua, allá rumbo al norte-poniente se encuentra El Aguacero, una cascada que le ha dado prestigio turístico al terruño, y que para verla, primero hay que bajar cientos y cientos de escalones hasta llegar a uno de los grandes tesoros de Chiapas mejor guardado, El cañón del río La Venta. La cascada en sí, como su nombre lo indica es un aguacero que sucede todos los días del año, basta caminar bajo ella para saber que Dios está ahí para purificarnos, río abajo suceden cuevas y otras cascadas y la flora y fauna del lugar hace pensar que tal vez, así fue el jardín donde Adán y Eva vivieron. En una de las cuevas, llamada El tapesco del diablo, y que se encuentra a mitad de una de las paredes, se encontraron vestigios antiquísimos que hoy son exhibidos en el museo de Tuxtla. El cañón del río surca la selva El Ocote una de las geografías más interesantes del país y que junto con la selva Lacandona constituyen el gran pulmón de México. El Ocote, guarda celosamente un paisaje como pocos, ríos que surcan un verde virgen e inaccesible, ruinas carcomidas por las raíces de los árboles y El arco del tiempo, hoy por hoy nombrado como el arco natural más grande del mundo con sus ciento ochenta metros de altura. La selva y el río, como artífices y testigos de la belleza salvaje, como otra versión de Adán y Eva, como prueba fehaciente de milagros.

El cañón del río termina en un pequeño mar interior con sus islotes y pescadores, Malpaso y en cuyo interior quedó sepultado la antigua Quechula, el pueblo donde nació mi madre y donde en ciertas épocas del año, el campanario de la iglesia de Santiago Apóstol se asoma entre las aguas como queriendo decirnos algo. La selva siempre será fruto de vida y de entre todos los paisajes, hay uno casi único, el de las simas, esas fosas sobre la tierra que parecen puertas al centro mismo. Están El sótano, El ombligo del mundo, La sima del mujú y La sima de las cotorras, esta última muy cerca de la cabecera municipal, la más accesible y en cuyo interior existe una selva que es refugio de miles de cotorras que al amanecer emprenden el vuelo hacia el cañón. Cerca de la sima hay unas formaciones rocosas que se erigen caprichosamente y dan pie a un paisaje prehistórico y rebelde y que los lugareños han de bien llamar El cerebro, en una de las periferias se encuentra la cueva de Santa Marta, donde estudios de la Unam, dictan que Chiapas fue habitado desde hace más de once mil años y esos primeros asentamientos estuvieron ahí.

La historia de esta tierra sucede desde ese entonces. Primero mar, luego el paisaje prehistórico de El cerebro y después llegaron los primeros pobladores así, nómadas, cazadores, recolectores y fueron haciéndose sedentarios hasta convertirse en zoques, luego la conquista, primero por los aztecas y luego por los españoles. Llegó el sincretismo árabe-español y zoque y entonces comenzó nuestra era porque a partir de ahí Coita comenzó a ser otro, a un lado de los paisajes nace la festividad más grande, el carnaval zoque coiteco, donde se entremezclan las culturas prehispánicas con la conquista española.  Tajaj Jama, el padre sol, los monitos y el tigre, el Mahoma, el David, el caballo. Vendrán luego el catolicismo y San Juan Bautista y la Virgen de Asunción y el peregrinaje a Ocuilapa, un pequeño pueblo sobre las montañas de Coita, donde existe la tradición alfarera, mujeres y hombres y niños van a otras montañas a acarrear el barro rojo y lo amasan y forman jarrones, vasijas, comales, tinajas y las cuecen y entonces ellos comen y beben. También en las periferias de ese pueblo se cultiva las piñas que le han dado renombre a Coita, una piña pequeña y de cáscara verde que guarda en su interior uno de los sabores más dulces y exquisitos, la piña junto con el pan y los cacahuates forman el conjunto de productos regionales por excelencia. Existen decenas de familias dedicadas a hacer pan de manera artesanal y otras tantas a trabajar los cacahuates que hoy son vendidos en muchas partes de México y los hay enchilados, con sal, con ajo, con limón, naturales, estilo español, garapiñados, deshidratados.


Todo ha nacido aquí.

Pienso en Coita y vuelvo a pensar en el origen del mundo y en Dios y en el texto del Génesis:  Y llamó Dios a lo seco tierra, y al conjunto de las aguas llamó mares. Y vio Dios que era bueno. Y dijo Dios: Produzca la tierra vegetación: hierbas que den semilla, y árboles frutales que den fruto sobre la tierra según su género, con su semilla en él. Y es así como imagino que Dios creo a Coita y que después de eso, Dios ya pudo crear los demás pueblos del mundo.








*El nombre oficial de Coita es Ocozocoautla y que significa Lugar de ocosotes. El nombre de Coita aunque hay algunas versiones en sí, sigue siendo un misterio. Utilizo el sobrenombre como homenaje y porque los lugareños solemos referirnos al pueblo de esa forma. Nunca como algo despectivo ni para demeritarlo.